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Que
Es El Sufismo
El Sufismo es menos una doctrina o un sistema de creencias que
una experiencia y una forma de vida. Es una tradición
de iluminación que lleva adelante la verdad esencial a
través del tiempo. Tradición que, sin embargo,
debe ser concebida en un sentido vital y dinámico. Su
expresión no debe permanecer limitada a las formas religiosas
y culturales del pasado. La verdad del Sufismo requiere reformulación
y expresión nueva en cada época.

Esto no significa que el Sufismo vaya a transigir en su desafío
con una sociedad obstinadamente materialista. Es y seguirá
siendo una crítica al espíritu mundano- gracias
al cual nace todo lo que nos hace olvidadizos de la Divina Realidad.
Es y debe ser una vía de escape del laberinto de una cultura
materialista en bancarrota. Más importante, sin embargo,
es una invitación a lo significativo y al bienestar.

El Sufismo, tal como lo conocemos, se desarrolló dentro
de la matriz cultural del Islam. La revelación Islámica
se presentó a sí misma como la última expresión
del mensaje esencial traído a la humanidad por los profetas
de todas las épocas. El Corán reconoce la validez
de 120.000 profetas, o mensajeros, que han venido a despertarnos
de nuestro mezquino egoísmo y recordarnos nuestra naturaleza
espiritual. Confirmó la validez de revelaciones pasadas,
al mismo tiempo que aseveraba que el mensaje original fue a menudo
distorsionado en el transcurso de los siglos.

El llamado del Sufismo a la universalidad se basa en el amplio
reconocimiento de la existencia de un sólo Dios, el Dios
de todas las personas y de todas las verdaderas religiones. El
Sufismo entiende ser la sabiduría hecha realidad por los
grandes profetas- incluyendo explícitamente a Jesús,
Moisés, David, Salomón, y Abraham, entre otros,
e incluyendo implícitamente a otros seres iluminados innominados
de cada cultura.

En el mundo Occidental de hoy existen diversos grupos bajo el
nombre de Sufismo. Por un lado, están los que sostienen
que no puede existir un verdadero Sufismo sin la valoración
y práctica de los principios del Islam. Por otro lado,
algunos grupos ignoran más o menos las raices Islámicas
del Sufismo y toman sus enseñanzas de más atrás,
de Sufis que pueden o no haber tenido contacto con enseñanzas
específicamente Islámicas. Mas aún, hay
quienes aceptan el Sufismo tanto en su esencia como en su forma,
mientras hay otros que son Sufis en la esencia pero no en la
forma. En mi opinión, una valoración y comprensión
del Corán, de los dichos de Muhammad, y del Sufismo histórico
es de incalculable valor para el caminante de la vía Sufí.

Históricamente, el Sufismo no fue concebido como separado
de la esencia del Islam. Todos sus maestros trazaron su iluminación
a través de una cadena de transmisión que partía
en Muhammad. Aunque pudieron disentir con ciertas interpretaciones
del Islam, nunca cuestionaron la validez esencial de la revelación
Coránica, ni fueron fundamentalistas en el sentido de
interpretar rígidamente esa revelación o de desacreditar
otras creencias. Muy frecuentemente ellos representaron los más
altos logros dentro de la cultura Islámica y fueron una
fuerza de tolerancia y moderación.

Durante catorce siglos la vasta tradición Sufí
ha contribuido con un cuerpo de literatura sin par en la tierra.
De algún modo los principios directrices del Corán,
y la heróica virtud de Muhammad y sus acompañantes
generaron un ímpetu que permitió que floreciera
una espiritualidad de amor y consciencia. Aquellos que siguen
la vía Sufí hoy son los herederos de un inmenso
tesoro de sabiduría y literatura.

Comenzando con sus raices en el tiempo de Muhammad, el Sufismo
ha crecido orgánicamente como un árbol de muchas
ramas. La causa de la ramificación ha sido con frecuencia
la aparición de un maestro iluminado cuyos métodos
y contribuciones a la enseñanza han sido suficiente para
comenzar una nueva línea de crecimiento. Estas ramas generalmente
no ven a las demás como rivales. Un Sufí, en algunos
casos, puede ser iniciado en más de una rama para recibir
la gracia (baraka) y conocimientos de determinadas órdenes.

Hay poco cultismo en el trabajo de los Sufis. Los Sufis de una
orden pueden, por ejemplo, visitar las asambleas de otras. Incluso
el carisma de un maestro en particular es siempre considerado
desde el punto de vista de que es íntegramente un don
de Dios. El carisma tiene valor en cuanto puede atar corazones
de estudiantes a un ser humano que representa la verdad de la
enseñanza, pero existen muchas salvaguardias para recordarle
a todos que el culto a la personalidad y el orgullo excesivo
por la propia afiliación son formas de idolatría,
es decir, un gran pecado.

Si hay una verdad central que el Sufismo distingue, es la unidad
de ser, el hecho de que estamos integrados con lo Divino. Esta
es una verdad que nuestra era está en inmejorable posición
de apreciar- emocionalmente, debido a la contracción del
mundo gracias a las comunicaciones y el transporte, e intelectualmente,
debido a los desarrollos de la física moderna. Somos Uno:
una comunidad, una ecología, un universo, un ser. Si es
que hay una verdad digna de ese nombre, es que formamos un todo
con la Verdad, que no estamos separados de ella. La comprensión
de esta verdad tiene efectos en nuestro sentido de quienes somos,
en nuestra relación con los demás y con todos los
aspectos de la vida. El Sufismo tiene que ver con la comprensión
de la corriente de amor que corre a través de toda forma
de vida, con la unidad detrás de las formas.

Si es que el Sufismo tiene un método central, éste
es el del desarrollo de la presencia y del amor. Sólo
la presencia puede despertarnos de nuestra esclavitud respecto
del mundo y de nuestros propios procesos sicológicos,
y sólo el amor cósmico puede abarcar lo Divino.
El amor es la más alta activación de la inteligencia,
pues sin él nada grande se lograría, ya sea espiritualmente,
artísticamente, socialmente, o científicamente.

El Sufismo es el atributo de aquellos que aman. Los amantes son
personas que son purificadas por el amor, libres de sí
mismas y de sus propias cualidades y completamente atentas al
Amado. En otras palabras los Sufis no están inmersos en
el servicio por alguna cualidad propia, pues ellos ven todo lo
que son y tienen como perteneciente a la Fuente. Un antiguo Sufí,
Shebli, decía: " El Sufí no ve nada más
que a Dios en los dos mundos."

Este libro es acerca de un aspecto del Sufismo: la presencia,
y cómo se puede desarrollar esta presencia y usarla para
activar nuestras cualidades humanas esenciales. Abu Muhammad
Mutaish dice: El Sufi es aquel cuyo pensamiento va al mismo
paso que su pie, es decir, está enteramente presente:
su alma está donde su cuerpo está, y su cuerpo
donde su alma está, y su alma donde su pie está,
y su pie donde su alma está. Este es el signo de la presencia
sin ausencia. Otros dicen lo contrario: El está
ausente de sí mismo pero presente ante Dios. No
es así: el está presente consigo mismo y con Dios.

Vivimos en una cultura que ha sido descrita como materialista,
alienante, neuróticamente individualista, narcisista,
y más aún, vivida con ansiedad, vergüenza,
y culpa. Desde el punto de vista Sufi, la humanidad hoy en día
está sufriendo la peor de las tiranías, la tiranía
del ego. Adoramos innumerables ídolos falsos, pero todos
ellos son formas del ego.

Hay muchas maneras en que el ego humano puede usurpar incluso
los más puros valores espirituales. El verdadero Sufí
es aquel que no reclama para sí ninguna virtud ni verdad,
sino que vive una vida de presencia y amor abnegado. Más
importante que lo que creemos es la forma en que vivimos. Si
ciertas creencias conducen al exclusivismo, a la hipocresía,
y al fanatismo, el problema está en la vanidad del creyente
y no en la creencia. Si el remedio aumenta la enfermedad, es
necesario un remedio aún más básico.

La idea de presencia con amor puede ser el remedio más
básico para el materialismo prevaleciente, para el egoísmo,
y la inconsciencia de nuestra era. En nuestra obsesión
con nuestros falsos yoes, en nuestro darle la espalda a Dios,
hemos perdido nuestro Yo esencial, nuestra chispa divina. Olvidando
a Dios nos hemos olvidado de nosotros mismos. Recordando a Dios
empezamos a recordarnos nosotros mismos.

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